Sofía Ramos abrió Abismo Tattoo en octubre de 2013 en un local pequeño de la calle Fuencarral. Tenía 26 años, 6 de experiencia tatuando y una idea muy clara de lo que quería: un estudio donde cada cliente saliera con una obra de arte única, no con un flash del catálogo de la pared.
Los primeros dos años fueron difíciles. Madrid tenía ya muchos estudios buenos, y convencer al mercado de que el diseño personalizado valía la pena requería tiempo y resultados. Los resultados llegaron: el portfolio de Sofía en Instagram empezó a circular en foros especializados europeos, y las reservas desde fuera de España se convirtieron en algo habitual.
En 2016, Carlos Vega se incorporó como artista senior. Su especialidad en realismo en blanco y negro complementó perfectamente el dominio de Sofía en japonés y geometría. Juntos ganaron reconocimiento en la Madrid Tattoo Convention durante tres años consecutivos.
Marcos Ibáñez llegó en 2018, cerrando el triángulo con su blackwork oscuro y conceptual. Sus piezas de espacio negativo se volvieron virales en varias ocasiones, trayendo a Abismo Tattoo a la atención de medios especializados internacionales.
Hoy, once años después, el estudio sigue siendo el mismo que fundó Sofía: pequeño, especializado, sin compromisos con la calidad.